🚴♂️ Silvio Villegas Sandoval: el hombre que cambió la alcaldía por el viento en la cara
- losmagnificosmtb
- 27 may
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🚴♂️ De los despachos públicos al “Fin del Mundo”: una historia de sueños y kilómetros de vida.
Hay quienes sueñan con tener vacaciones largas… y luego está Silvio Villegas Sandoval, que decidió tomarse un descanso de 9.000 kilómetros en bicicleta.
A sus más de sesenta años, después de dos periodos como alcalde, una vida entre responsabilidades y una rutina cargada de compromisos, Silvio decidió escuchar una voz interior que llevaba décadas susurrándole: “Todavía estás a tiempo de cumplir tu sueño.”
Con humor, determinación y una buena dosis de terquedad —esa terquedad bonita que solo tienen los que se niegan a dejar morir sus sueños—, empacó lo esencial en unas alforjas, se subió a su bicicleta y partió desde Colombia hacia Ushuaia, Argentina, el punto más austral del continente.
No tenía patrocinadores, ni un equipo de apoyo, ni un plan perfecto. Tenía algo mucho más poderoso: un deseo irrenunciable de libertad.
> “Uno siempre está esperando el momento ideal para hacer las cosas… hasta que entiende que ese momento no existe. Hay que inventarlo mientras pedaleas”, dice Silvio con una sonrisa.

🧭 El hombre detrás del manubrio
Silvio es, ante todo, un hombre persistente. Un soñador que aprendió a pedalear contra las cuestas y contra las circunstancias.
Nació en una familia trabajadora, y desde joven su vida giró alrededor del servicio y el esfuerzo. Fue alcalde en dos ocasiones y dedicó años a la gestión pública, pero detrás de los discursos y las decisiones seguía latiendo un amor profundo por la bicicleta.
Todo comenzó en sus días de estudiante, cuando usaba la bici simplemente para ir a la universidad. “Era mi medio de transporte, pero también mi escape”, recuerda. Sin embargo, la vida —con su manera elegante de poner pendientes— lo llevó por otros caminos. Entre las obligaciones del cargo y la formación de un hogar, el sueño de recorrer el continente quedó archivado junto a tantos “algún día”.
Después de su segunda alcaldía, la violencia en el país lo obligó a buscar un nuevo rumbo. Vivió 15 años en Canadá, donde la bicicleta volvió a ocupar un lugar central. Allá, en los veranos infinitos, pedaleaba largas distancias, sintiendo que cada salida lo acercaba a una versión más simple y más auténtica de sí mismo.
Al regresar a Colombia, el sueño regresó también. Pero esta vez, Silvio no lo postergó más.
“Esperé mucho tiempo —dice—. Y un día me dije: si sigo esperando, me voy a quedar esperándolo toda la vida. Así que empecé, sin pensar tanto.”
🌎 El viaje que lo cambió todo
El 17 de febrero marcó el inicio de su aventura. Lo llamó su “viaje de graduación como cicloturista”. La meta: Ushuaia, el Fin del Mundo. El reto: más de 9.000 kilómetros en menos de dos meses.
Una travesía por la Carretera Panamericana, siguiendo la línea del Pacífico, donde el paisaje era tan cambiante como las emociones.

“Los Andes colombianos y ecuatorianos me enseñaron a valorar el agua —cuenta—. En el desierto peruano y chileno aprendí lo que es pedalear bajo el sol más implacable. Y en la Patagonia, el frío te pone a prueba. Hay noches en las que el viento te arrulla a golpes, pero igual amaneces agradecido.”
Lo difícil no fue solo el esfuerzo físico. Fue también enfrentarse a la soledad, a los silencios que hacen ruido, a los pensamientos que llegan cuando la carretera no tiene final.
“Pedaleas tanto tiempo que dejas de escuchar el ruido del mundo. Empiezas a escucharte a ti mismo”, dice con calma.

🚴♂️ Un alto en Villavicencio: calor humano y caminos que desafían
En medio de su preparación para grandes rutas, Silvio visitó la ciudad de Villavicencio, y quedó profundamente encantado con su gente, su alegría y la forma en que lo recibieron. “Es imposible no sentirse bienvenido en Villavo —cuenta entre risas—. La gente te saluda, te anima, te pregunta por el viaje, y antes de que te des cuenta, ya te están ofreciendo jugo, café y compañía para pedalear.”
Durante su estadía, tuvo la oportunidad de hacer una ruta por la Vereda El Carmen, una travesía que lo llevó hasta la cima, enfrentando la famosa “Gran Z”, una subida tan exigente como legendaria entre los ciclistas locales. “Esa Z no se sube, se conquista”, dice entre risas. “Pero valió la pena cada gota de sudor, porque la vista desde arriba es un poema.”
Allí compartió la ruta con integrantes de varios colectivos ciclistas de la región, quienes lo acompañaron parte del trayecto y le contaron sus propias historias sobre pedalear en los Llanos. “Fue una experiencia maravillosa —recuerda—. Escuchar sus aventuras, sentir la camaradería, reírnos de las locuras que solo un ciclista entiende. Esas conexiones humanas son las que realmente te recargan.”
Silvio no duda en afirmar que Villavicencio le dejó una huella:
> “Me fui con el corazón lleno. Es gente cálida, solidaria, alegre. Uno llega como forastero y se va como amigo.”

🚴♀️ Seguimos Conversando con Silvio 😁😁
—Silvio, ¿cómo se vive un sueño que uno aplazó tanto tiempo?
Se vive con emoción, con miedo y con gratitud. Cuando arranqué, sentía que estaba cumpliendo una promesa conmigo mismo. Cada kilómetro era un recordatorio de que nunca es tarde, que uno puede volver a empezar incluso después de los sesenta.
—¿Qué fue lo más difícil del camino?
Las noches frías en la Patagonia. Dormir en una carpa con temperaturas bajo cero no es fácil. Pero más allá del frío, fueron los momentos de duda. Hay días en los que piensas: “¿Qué hago aquí?” Pero después amanece, ves el paisaje, sientes el aire limpio y recuerdas por qué empezaste.
—¿Y lo más hermoso?
La gente. Esa es la verdadera riqueza del viaje. En Ecuador me ofrecieron techo sin conocerme, en Perú me dieron comida en medio del desierto, en Chile me abrieron las puertas de su casa solo porque me vieron pasar cansado. Descubrí que el mundo no es tan duro como a veces creemos. La bondad existe; hay que salir a encontrarla.
—¿Qué sentiste al llegar a Ushuaia?
Lloré. No de tristeza, sino de plenitud. Llegar al Fin del Mundo era más que cumplir una meta; era cerrar un ciclo. Cuando vi el cartel, me di cuenta de que lo que había cambiado no era el paisaje, sino yo.

—Después de algo así, ¿cómo se regresa a la rutina?
Con dificultad. El ritmo de la vida cotidiana parece absurdo después de haber vivido así. Pero trato de conservar la serenidad que me dio la bicicleta. Entendí que la vida, como pedalear, solo se sostiene si encuentras equilibrio.
—¿Qué le dirías a quienes sueñan con hacer algo grande, pero no se atreven?
Que empiecen. No hay que esperar tener la bicicleta perfecta, el dinero o el tiempo exacto. Lo más difícil es dar la primera pedalada. Lo demás se acomoda en el camino.

🌄 El humor del camino
Silvio recuerda que en algunos pueblos le preguntaban si no tenía miedo de viajar solo. Él respondía riendo:
> “Miedo sí, pero más miedo me da quedarme con las ganas.”
En otra ocasión, un niño le preguntó cuántos años tenía. Cuando respondió, el pequeño lo miró con asombro y dijo:
> “¡Mi abuelo ni sube escaleras y usted va para el fin del mundo!”
“Ahí entendí —dice entre risas— que la edad no es un límite, sino una excusa.”
🧡 La moraleja del viaje
Cuando Silvio llegó a Ushuaia, no sintió que el mundo terminara allí. Al contrario: fue el comienzo de otra forma de verlo.
> “Viajar en bicicleta no es escapar del mundo, es encontrarlo.
Y cuando lo encuentras, te das cuenta de que nunca fue tan grande, ni tú tan pequeño.”

Su historia no es solo la de un ciclista. Es la de alguien que entendió que los sueños no caducan, que la aventura no tiene edad y que la libertad cabe perfectamente entre dos ruedas.
Porque, al final, la vida —como una bicicleta— solo se mantiene en equilibrio cuando se sigue pedaleando.
Escrito por Lic. Krisnha de Crisaor




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